apocrypha73: (spn_sam_ficwriter)
[personal profile] apocrypha73
Tengo una duda: resulta que ya sé que en total, este fanfic van a ser cinco capítulos más un epílogo. Ahora bien, ¿eso significa que éste debería ser el dos de cinco o el dos de seis? ¿Tengo que contar el epílogo como otro capítulo más o no? Si me podéis dar vuestra opinión sería de gran ayuda, gracias por adelantado.

Espero que os guste.

Título: El espejo del alma (capitulo 2)
Fandom: Supernatural
Pairing: Ninguno
Rating: PG-13 diría yo.
Notas: Este fic es una continuación de Cosa de familia. Si no has leído ese antes, es posible que lo que se cuenta aquí no tenga mucho sentido.

Muchísimas gracias a [personal profile] mileya y a [profile] m_enia por el beteo. De verdad, sin vosotras, no podría hacerlo.

Capítulo 1


 


Capítulo 2

 

La segunda vez que ocurre están en Lindale, Georgia, siguiendo la pista de un hombre lobo. Están haciendo un reconocimiento por lo que creen que es la zona de caza del licántropo cuando, de pronto, Dean tira del brazo de Sam y empiezan a caminar detrás de una pareja de adolescentes. Les siguen hasta el aparcamiento de una lavandería, justo a tiempo de evitar que le roben su pensión a una anciana. Sam no está muy seguro de quién sale de allí más asustado, si la señora, los dos críos, o él. Dean, por supuesto, se niega una vez más a darle importancia a lo sucedido, y corta eficazmente cualquier intento de su hermano por iniciar una conversación.

Si no le conociera tan bien como le conoce, quizá Sam se creería todo ese rollo de aquí no pasa nada. Tiene que reconocer que Dean ha perfeccionado la cara de póker últimamente. Pero se trata de él, que se ha criado tan pegado a su hermano como en una carrera a tres piernas, y no consigue engañarle.

Una semana después, en Oneida, Illinois, rescatan a un chiquillo de una pandilla de matones de su colegio. Esta vez Sam no está dispuesto a dejarse torear otra vez, así que en cuanto llegan de vuelta al motel, acorrala a su hermano.

- ¿Vas a seguir diciéndome que no está pasando nada raro? Porque, en serio, estoy empezando a pensar que te crees que soy estúpido.

Dean suspira, admitiendo la derrota. En cierto modo es un alivio que haya sacado el tema, porque los viejos hábitos son difíciles de erradicar, y él está demasiado acostumbrado a soportar sus cargas solo. Pero si algo ha aprendido en este último año es que no tiene por qué hacerlo. Sam está allí para ayudarle.

- No, no creo que seas estúpido- le responde, sentándose en el borde de su cama-. Sí, está pasando algo raro. Sí, me asusta un poco. Bastante. No te lo voy a negar.

Sam se sienta frente a él en la otra cama, algo sorprendido por la facilidad con que su hermano ha claudicado. Está habituado a que ofrezca mucha más resistencia.

- Entonces, ¿qué crees que te han hecho? ¿Es cosa de Lilith, o una especie de residuo de… del infierno?

Dean sonríe de lado-. Dicho así, no sé qué es peor, Sammy. Que esa hija de perra me haya echado una maldición o que haya pillado algo raro allí abajo.

Su hermano deja escapar un bufido, con una sonrisa que no consigue ser del todo alegre.

- No estoy seguro- continúa-, pero si tuviera que apostar lo haría por Lilith. No se la veía muy feliz de enviarme de vuelta, ¿sabes? Sería muy típico de ella haberme dejado un regalito para el camino.

- Tiene sentido- interviene Sam, recordando lo que le había contado de su experiencia en el infierno mientras abandonaban New Harmony-. Tú envenenaste su mundo, y ahora ella hace lo mismo contigo, enseñándote la maldad que hay dentro de las personas.

- Como si me fuera a descubrir algo nuevo. ¿Dónde se cree que he estado viviendo toda mi vida, en Disneylandia? Ya sé que la gente está loca.

- Yo de ti no lo subestimaría, Dean, aún no sabemos hacia dónde te va a llevar esto.

- Ahí es donde te equivocas. Yo sé exactamente a dónde me va a llevar.

Su hermano le mira, arqueando las cejas en una muda pregunta.

- Si esa zorra cree que va a joderme, está muy equivocada- contesta-, porque voy a coger su maldición y voy a usarla para hacer justo lo contrario de lo que ella espera. No pienso encogerme en un rincón a lamentarme por la maldad del mundo. Voy a seguir haciendo mi trabajo, y si resulta que entre demonio y demonio puedo salvar a alguien de otro ser humano, pues mejor aún.

Durante un largo instante, Sam es incapaz de articular palabra. Lo que Dean acaba de decir es un error en tantos sentidos que necesitaría un ábaco para contarlos todos, pero lo peor es que su hermano lo ha dicho totalmente en serio.

- Estás de coña, ¿verdad?- le dice cuando, finalmente, consigue hacer que su voz vuelva a funcionar.

- Para nada.

- Dean, ¿has perdido la cabeza?

- No, ¿por qué flipas tanto?

- ¿Que por qué?- Sam bufa, incrédulo-. Pues vamos a ver, para empezar está el hecho de que estamos hablando de un demonio, ¿vale? No va a ser tan simple. Esta capacidad tuya no se va a quedar en lo que es ahora, y no tenemos ni idea de cómo puede evolucionar, pero seguro que no es para bien.

- Eso no lo sabemos con certeza.

- Y un cuerno que no. Con la experiencia previa que tenemos, ¿te atreverías a apostarlo?

- Bueno, a ti no te ha ido tan mal, después de todo- insiste Dean-. En realidad, esto no es tan diferente de cuando tú tenías las visiones. Y mírate, aquí estás, entero y verdadero.

- Exacto, como mis visiones. No tengo que recordarte a dónde nos llevaron mis visiones, ¿no?

La respuesta que tenía preparada se le atraganta en la boca antes de poder articular un solo sonido. Realmente es difícil rebatir eso. Las premoniciones parecían ayudarles al principio, pero luego quedó bastante claro que no eran más que el cebo con que el demonio de ojos amarillos les manejaba a su antojo.

- Además- continúa Sam-, está el pequeño detalle de que no podemos ir por ahí matando humanos, ¿sabes?

- Oye, que no he matado a nadie todavía- se defiende su hermano.

- Ya, pero ¿y si alguna vez te topas con alguien realmente peligroso? Un asesino, o un violador. ¿Qué harás entonces? ¿Les dejarás atados con tu tela de araña para que esperen a la policía?

El caso es que ahí está la verdadera raíz del problema. Dean no es tonto, ya ha considerado esa posibilidad, y de hecho lleva bastante tiempo angustiándose con la idea. Si no ha dicho nada es porque proteger a Sam sigue siendo su primer y más fuerte instinto, y quería evitar que se preocupara. Por eso ha estado fingiendo que no le asusta lo que le está pasando. Pero siempre ha sabido que su hermano es demasiado listo como para dejarse engañar. Todo este tiempo le ha sentido ahí al lado, observándole cuando creía que no se daba cuenta, y sabe que esto le está causando tanta ansiedad como a él, o más. Desearía encontrar algo que decir para poder tranquilizarle, pero no puede.

Al final se limita a suspirar, abatido. Los dos se quedan callados, y el ambiente en la habitación se vuelve más deprimente.

- Supongo que no podía ser tan fácil, ¿verdad?- dice Dean, con voz queda, al cabo de unos minutos.

- ¿El qué?- pregunta su hermano en el mismo tono, volviéndose para mirarle.

- Salir del infierno.

Sam parece encogerse durante un segundo, como si hubiera recibido un golpe físico, y Dean intuye que los dos han estado pensando en lo mismo. Durante las semanas transcurridas desde que volviera a la vida, se habían permitido el lujo de creer que por fin se había acabado todo. Nada de demonios megalómanos tratando de convertirles en peones de su macabro juego de guerra. Nada de mirar el calendario sintiendo que cada día que pasa es una piedra más sobre la losa que les oprime el pecho y les asfixia poco a poco. Se habían librado.

Probablemente deberían haber sabido que tenía que haber trampa. Probablemente lo sabían, pero prefirieron ignorarlo. Porque a lo largo de su vida han sentido muchas cosas, pero la libertad es, con toda seguridad, la que menos. Y es una sensación embriagadora, demasiado dulce para renunciar a ella sin que tengan que arrancársela de las manos.

Han conseguido sentirse libres durante casi un mes. No es mucho, pero es más de lo que han tenido nunca. Sam aprieta la boca en un gesto de resignación.

- No, supongo que no- responde.

Vuelve a caer el silencio sobre ellos. Un silencio opresivo y lleno de pesadumbre. Finalmente, Sam se desploma de espaldas sobre la cama y murmura, mirando al techo:

- ¿Por qué no podrán dejarnos en paz de una vez?

Dean se gira para mirarle de reojo.

- Pues porque somos la leche, Sammy- replica con una sonrisa canalla-. La vida de los demonios sería demasiado aburrida sin nosotros.

- No siempre puedes arreglarlo todo con un chiste- le regaña con los ojos cerrados, arrastrando las palabras de puro cansancio. Ha sido un día muy largo, o más bien una semana muy larga. Cinco segundos después está dormido, y Dean le contempla con esa vieja mezcla de preocupación y ternura que siempre ha asociado a su hermano menor.

- No, Sammy, pero puedo intentarlo-murmura con suavidad.

 

**

 

La cuestión es que Sam no está dispuesto a dejarse llevar sin más. Ya no se conforma con la consabida actitud de “los Winchester somos raros y por lo tanto nos ocurren cosas raras, qué le vamos a hacer”. Ahora sabe que no tiene por qué aceptarlo sin más, que incluso es peligroso resignarse tan fácilmente. Todo tiene una causa, y por tanto una solución. Sólo hay que saber buscarla.

Así que empieza a investigar subrepticiamente por su cuenta. No puede hacer mucho sin que Dean se dé cuenta, pero al menos puede usar internet, y cuando tiene que visitar una biblioteca para indagar sobre un caso, aprovecha la ocasión para consultar los libros más raros. Pero su búsqueda es, como poco, frustrante, porque ¿dónde va a poder encontrar información sobre los posibles efectos secundarios de haber visitado el infierno?

No es como si hubiera muchos que hayan vuelto para contarlo.

Cuando, varios días después, Dean consigue evitar un atraco en una tienda, a Sam le entra el pánico. No por el hecho en sí, sino por la forma en que lo ha logrado, adelantándose a los ladrones como si supiera lo que iba a pasar.

- ¿Qué demonios ha sido eso?- le pregunta cuando están de vuelta en el coche, y al ver que su hermano le rehúye la mirada, sabe que no necesita aclarar a qué se refiere- ¿Cómo has sabido que iban a estrellar el coche contra el escaparate?

Dean le mira de reojo, aprieta los labios y suspira antes de decidirse a contestar:

- Porque ya habían utilizado ese sistema.

Su hermano parpadea, boquiabierto-. ¿Qué… qué estás diciendo? Creía que sólo percibías las malas intenciones de la gente en plan abstracto.

- Así era. Al principio.

- ¿Y ya no?

- No, ya no- responde Dean sin mirarle-. Ahora… es como si sintiera lo que ellos sienten. A veces es odio, o desprecio, otras es como un subidón de adrenalina, excitación, lo que sea. Es diferente en cada caso. Y a veces… a veces veo las cosas que han hecho antes.

Su hermano trata de digerir esta nueva información, sintiendo como si algo grande y ácido se hubiera aposentado en su garganta. Tal como temía, las capacidades de Dean van en aumento. Y Sam sabe que ha vuelto a la casilla de salida y lo está repitiendo todo otra vez: atrapado en una carrera frenética y desesperada por salvar el alma de su hermano, en la que tiene que correr descalzo, con las manos atadas y una venda sobre los ojos.

 

 

**

 

 

En Johnson, Nebraska, le dan un susto de muerte a un borracho que volvía a su casa y que, al parecer, había desarrollado el hábito de darle una paliza a su mujer cada vez que bebía. Y por primera vez, Dean le encuentra una pega a este nuevo don suyo.

- Hoy ya no la tocará, pero ¿y mañana?- le dice a Sam, una vez que están de vuelta en el motel-. ¿Cuánto tardará en volver a las andadas?

- Podríamos entregarle a la policía- sugiere su hermano, pero incluso mientras lo dice sabe que la idea suena inútil.

- Ya, y quedarnos para testificar en el juicio, ¿no? Ah, cómo odio esto.

- ¿El qué?

Le mira de reojo-. Tener que darte la razón.

Sam asiente pero no dice nada, porque no es momento para un “te lo dije” y además, tampoco es su estilo. A pesar de ello, cuando Dean sigue hablando, se nota que lo hace a regañadientes.

- Con lo sobrenatural es más fácil, te cargas al bicho y se acabó el problema. Pero tratar con humanos es…

No termina la frase, como si no encontrase una palabra lo bastante fuerte como para explicar lo frustrante que es. Se le ve agotado, decaído, y Sam sabe perfectamente que si su hermano está reconociendo en voz alta su error, es que ya lleva un tiempo dándole vueltas. Se apena por él, pero al mismo tiempo siente deseos de agarrarle por los hombros y sacarle a golpes esa legendaria testarudez.

Francamente, Sam ya no puede más. El también está cansado, también lleva muchos días devorando libros y más libros en busca de una solución que parece no existir, perdiendo el sueño preguntándose qué otras sorpresas les tiene guardadas Lilith, y no puede seguir cargando con todo ese peso él solo.

- Dean, he estado pensando… ¿qué te parece si llamamos a Bobby y se lo contamos?- sugiere, aprovechando la aparente disposición de su hermano-. Déjame pedirle ayuda, tal vez él encuentre la forma de librarte de esto.

- Sam, no pienso sentarme en la consulta de ninguna hippy postmoderna para que me haga una limpieza del aura, te lo advierto desde ya.

La cara con que le mira su hermano es más elocuente que ninguna respuesta.

- Venga ya, no estarás hablando en serio. No se trata de curarme un resfriado, ¿sabes? Además, ¿qué necesidad hay de ponerse tan dramático? Esto no nos está viniendo tan mal, a fin de cuentas.

- Los humanos no son nuestro trabajo.

- El mal es nuestro trabajo- responde Dean-. Tú mismo lo dijiste.

Y ahí está, la reacción que Sam temía pero nunca dudó que vería llegar. A pesar de todo lo que han vivido y lo que han aprendido, Dean Winchester sigue siendo el buen soldado que está dispuesto a cargar con la misión que él mismo se ha echado sobre los hombros, tragándose sus quejas y aguantando como un hombre. No sabe si enfadarse o echarse a llorar.

- ¡Por el amor de Dios, ¿en qué demonios estás pensando?!- exclama, desesperado- ¿No fuiste tú quien dijo que dejáramos de ser mártires? ¿Dónde queda eso ahora, eh? ¿O el consejo sólo iba dirigido a mí, como siempre?

Dean le mira como si no supiera muy bien de qué está hablando. Como si no entendiera qué tiene que ver lo de salvar gente con aquella conversación que tuvieron el día que se cumplió su plazo. Y Sam estalla. No se indigna, ni se enfada, ni se cabrea, no. Estalla. Como un volcán o un río que se desborda, una fuerza de la naturaleza, imparable y aterradora.

- ¡No podemos ocuparnos de todo el mal que hay en el mundo!- le ladra a su hermano- ¡Para eso están la policía y el FBI, Dean! ¡Lo siento si no tienen la clase de información privilegiada con la que tú cuentas, pero ¿qué vas a hacer, encargarte tú solo de mantener a salvo a toda la población?! ¿Por qué tienes que ser tú quien cargue con esa responsabilidad? ¡No puedes! ¡Nadie puede! ¡Sólo eres un hombre, no un jodido superhéroe! ¡Y no lo digas…!- levanta un dedo como advertencia en cuanto ve a Dean abrir la boca para hacer un chiste- Ni se te ocurra decirlo, o me cobraré ese puñetazo que todavía te debo, te lo juro.

Prácticamente tiembla de rabia contenida, las aletas de la nariz abriéndose y cerrándose con su respiración, y parece como si hubiera crecido de pronto y su cuerpo empequeñeciera la habitación. El eco de su voz todavía retumba en las paredes. Dean no se deja intimidar, pero siente que ya no tiene ganas de broma.

- Está bien, Sam, ¿quieres hablar? Pues hablemos, si eso te hace feliz- le dice, irritado-. Al principio estaba tan acojonado como tú, ¿vale? Te lo juro, tío, esta mierda psíquica me ha quitado más horas de sueño que todas las mujeres que me he tirado en mi vida. Pero ya te dije que no iba a darle a esa perra demoníaca el gusto de verme derrotado. Y mira por dónde, resulta que estamos haciendo algo bueno con esto. Estamos ayudando a la gente. Yo digo que lo aprovechemos y punto. ¡Diablos, si tengo que aguantar esta mierda, por lo menos voy a sacarle partido!

Su hermano apenas puede creer lo que está oyendo, y tiene que contar hasta veinte para no lanzarse sobre él y molerlo a golpes.

- ¿Sabes, Dean? Estoy más que harto- dice, cuando finalmente cree que ha recuperado el control.

- ¿A qué te refieres?

- A ti y a tu doble rasero. O sea, que yo no puedo aprender a usar mis supuestos poderes para intentar salvarte la vida, porque claro, eso pondría en peligro mi alma. Pero tú puedes recibir un regalito de la reina del infierno y no pasa nada. Aprovechémoslo. Claro. ¡Cómo no se me había ocurrido!

- Eso no es justo, Sam. No estoy diciendo que no pase nada, sólo que no pienso obsesionarme buscando un remedio que a lo mejor ni siquiera existe, y que si puedo sacar algo bueno de todo esto, lo sacaré. Además, cuando tenías tus visiones yo nunca, ni una vez, dije que tuvieras que deshacerte de ellas.

- ¡Porque ni siquiera se te ocurrió que podía hacerse! ¡Entonces apenas sabíamos nada de demonios!

- ¡Y también porque salvamos a mucha gente gracias a ellas!

- ¡Oh, venga ya, no me salgas con eso ahora! ¿Pretendes que me crea que estabas perfectamente cómodo con ese tema? ¡No soy estúpido, me daba cuenta de cómo me mirabas cuando creías que no te veía! ¡Tenías tanto miedo del rarito de tu hermano que no sé cómo no me dejaste tirado en una gasolinera!

Incluso mientras lo dice, sabe que se ha pasado de la raya. Dean le agarra por la camisa y le estampa contra la pared, sin contemplaciones, sacándole el aire de los pulmones con la fuerza del golpe. Hay tanta furia en sus ojos que Sam retrocedería si tuviera espacio, cosa que no ha hecho ante su hermano desde que le superó en estatura.

- ¿Cómo te atreves…? ¿Cómo…?- susurra Dean entrecortadamente, pálido de rabia.

- Lo siento- se disculpa, todo su enojo desaparecido-. Eso ha sido una estupidez.

Su hermano le suelta y los dos titubean un momento, avergonzados de lo lejos que han dejado llegar la discusión. Algo se retuerce dentro de Sam al darse cuenta de que todo está empezando otra vez: las peleas, los secretos, los silencios. La sencilla camaradería que habían recuperado en los últimos meses se ha perdido por culpa de la tensión de estar, una vez más, en el punto de mira de un demonio. Sam maldice interiormente al destino, al maldito cabrón de ojos amarillos que se encaprichó de él, al día que cumplió seis meses y a todo el infierno en pleno, por no dejarle tener una relación normal con su hermano. Una en la que no tenga que pelearse con él por ver quién se sacrifica antes por el otro.

- Dean- suspira, en tono conciliador-, lo único que digo es que nada que proceda de un demonio puede ser para bien. Nunca. Y tú lo sabes tan bien como yo. Antes o después veremos el lado negativo de esto, y lo que me da miedo es que tal vez lo veamos cuando ya sea demasiado tarde y te esté mordiendo el culo.

Su hermano responde en un tono derrotado, lleno de cansancio.

- ¿Y qué sugieres que hagamos, eh? ¿Es que tienes por ahí guardada una copia del Manual de Procedimientos de Descontaminación del Infierno, o algo así?- se ríe sin una sola pizca de humor- La verdad es que ni siquiera sabemos si es posible librarme de esto, Sammy.

Esa es una posibilidad que Sam se niega a contemplar. Por supuesto que es posible. Tiene que serlo.

- En realidad…- comienza, dudando, pero la mirada de Dean le anima a seguir-… he estado pensando en ello, y creo que tengo una teoría.

- ¿Y cuál es?

Respira hondo antes de empezar. Sabe cómo va a sonar y sabe cómo va a reaccionar su hermano mayor, pero lo cierto es que lleva muchos días cavilando, buscando una solución, probando idea tras idea en su mente, y al final siempre acaba llegando al mismo punto. Es una teoría descabellada y probablemente estúpida, pero es todo lo que tiene.

- Bueno, verás… mis visiones desaparecieron al morir el demonio de ojos amarillos, ¿no?

- Oh, no, venga ya, tienes que estar de coña- le corta Dean, tal como su hermano esperaba. Y no puede culparle.

- Sé cómo suena, pero no se me ocurre nada más. Creo que si nos cargamos a Lilith todo esto terminará.

- ¿A Lilith?- el sarcasmo en su voz es como un latigazo punzante sobre la piel de Sam- ¿A la misma Lilith que volvió a la fosa como quien se va a un balneario? ¿Esa Lilith? ¿La Reina del Infierno? ¿La que, dicho sea de paso, se quedó allí después de expulsarme a mí? Claro, hombre. Pan comido.

- Dean, si tienes una idea mejor, estaré encantado de oírla. Cualquier idea.

Su hermano le mira a los ojos durante un largo momento, buscando una respuesta que darle. Al final, agacha la cabeza, frotándose la nuca en un gesto de frustración, y sin decir nada se da la vuelta y se mete en el cuarto de baño. Un minuto después, Sam oye correr el agua de la ducha y se deja caer sobre la cama, extenuado.


 
Capítulo 3 

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